viernes, 30 de enero de 2009

Alas de cristal "Lejanía...2º parte"

Amaneció de color gris. El cielo estaba encapotado, y las nubes amenazaban con la peor de las tormentas. Las pequeñas gotas de lluvia se deslizaban por la ventana, formando pequeños regueros. Sin duda, este era el paisaje ideal para estar en concordancia con mi estado de ánimo: Gris y pésimo.
Mis escasas pertenencias descansaban junto a la puerta, y eran un recordatorio continuo del inminente viaje.
Apenas me quedaban dos días para despedirme del lugar en el que me había criado, dos días de incomodidad y dolor.
Desde que la abuela murió, el ambiente en mi casa había cambiado. El abuelo se mostraba taciturno y a veces hosco. Pero siempre había conservado su frágil sonrisa y su atención a mi persona. No obstante… la notoria falta de mi abuela había sido un golpe demasiado duro. Y ahora, un mes más tarde, llegaban las consecuencias.
-¿Himela? – la apagada voz de una mujer se oyó a través de la puerta cerrada, seguida de un rápido golpeteo en la madera.
- ¡Un momento! – Me levanté rápidamente, y traté de arreglarme el pelo. Después abrí la puerta.
Una figura femenina me esperaba al otro lado. Pese a que estaba girada, supe en seguida quien era. Todo en ella me lo daba a entender, desde su pose demasiado rígida a la carpeta que llevaba bajo uno de sus brazos.
- ¿Si? - Hola, buenas tardes. Tú debes de ser Himela, ¿verdad? – La mujer esbozó una sonrisa y pasó a mi cuarto sin más. – Yo soy Bianca. – Me tendió una mano larga y blanca, adornada con un simple anillo de plata.
- E-encantada… - Traté de sonreír y le estreché la mano.
La tal Bianca me guiñó un ojo y se sentó en mi cama. Después sacó un montón de papeles y me miró.
- Bueno, creo que deberíamos empezar con esto. Como bien sabrás soy tu asistente social.
Yo asentí con la cabeza. Aunque a primera vista no lo supiera con seguridad, lo había imaginado. Al igual que el resto de la situación. Suspiré y me senté en el suelo, frente a ella.
- De primeras, he de decirte que lamento mucho la muerte de tu abuela. – Se detuvo un momento.- Sin duda ha sido un golpe muy duro.
Musité un quedo agradecimiento y bajé la cabeza. Noté como la mujer cambiaba de posición y sacaba algunos papeles más.
- Otra de las cosas que debes saber, es que tu abuelo, al no estar en plenas capacidades psíquicas no…– me miró, y pareció recapacitar-…No debería hacerse cargo de ti. Y siendo menor…- suspiró y se abstuvo de dar rodeos.- Hemos decidido enviarte con una familia de acogida.
Asentí despacio. La noticia no me pillaba de sorpresa. Mi abuelo se había encargado de “suavizar” el golpe.
- Y-ya lo sabía… - me mordí el labio para evitar llorar.- Lo único que me queda por saber es con quién he de irme.
Bianca me entregó varios papeles; en ellos, una pareja de mediana edad me sonreían anhelantes. - Se llaman Raquel y Víctor Mason. Viven en la capital, en un barrio bastante tranquilo.- Volvió a sonreír y me mostró otras fotografías que representaban el lugar.
He de reconocer, que a primera vista me gustó. Las calles eran largas y parecían limpias. Los edificios estaban pintados en color salmón y había parques alrededor, con sus fuentes pintorescas y demás… parecía que todo lo presente emanaba tranquilidad. La voz de Bianca me sacó de mi ensimismamiento.
- Además, como ya te habrá comentado tu abuelo, no estáis demasiado lejos el uno del otro, por lo que podréis veros muy a menudo.
Volví a asentir.
- ¿Qué pasará con el abuelo?- Pregunté, seriamente. Hasta aquellos momentos, había sido mi abuela quien se había encargado de nosotros. Y no estaba del todo segura de lo que ocurriría a continuación.
- Tu abuelo ha decidido ingresar en un asilo, allí se ocuparán de él debidamente. – Se levantó de la cama y tras sonreírme amablemente, se dirigió hacia la puerta, dando así por concluida la conversación.
Yo me levanté y la seguí, y cuando, por fin desapareció tras la esquina del pasillo, cerré la puerta y me dediqué a reflexionar sobre mi extraña e ínfima existencia.

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