LEJANÍA.
- ¡¿Qué?! - Himela cariño… - el abuelo se me acercó, entristecido.- Tienes que entenderlo y aceptarlo como la adulta que eres.
Le miré con la mirada vacua. No podía creer lo que estaba oyendo. No era posible, no podía ser otra cosa que un mal sueño, una pesadilla… Retrocedí unos pasos más y me apoyé en la pared. Después suspiré, y me sequé las lágrimas con el dorso de la mano.
- No puedo creer que lo estés diciendo en serio… Sabía que, después de todo, algo iba a cambiar, pero nunca imaginé que fuera algo tan… drástico.
Mi abuelo suspiró quedamente, probablemente él tampoco había imaginado que las cosas se iban a torcer de éste modo, y sin duda, la situación se le estaba atravesando casi tanto como a mí.
- Sé que va a ser difícil, en especial los primeros días. Pero acabarás por acostumbrarte, te lo digo yo. – Al ver que no estaba del todo convencida, insistió- Además, siempre puedes llamarme al móvil.
Asentí despacio. No me quedaba otra opción que aceptar la decisión de mi abuelo, por mucho que me doliera obedecerle. De nada serviría llorar y suplicar.
-¿C- Cuándo tengo que marcharme?
- Dentro de una semana, yo mismo te llevaré hasta allí para poder despedirnos.
Fue suficiente. Mi cuerpo catatónico me llevó directamente a mi habitación. Y allí, me derrumbé, completamente derrotada.
-¿Qué haces? – La voz de un joven interrumpió el silencio de la habitación.
- Observo.
- ¿Qué es eso tan interesante que te tiene tan abstraído? Apenas has salido en todo el día.
El otro joven se encogió de hombros y se apartó de un gran espejo dorado. La imagen que reflejaba se desvaneció de inmediato, y fue sustituida por un manto negro
. -¡Venga ya Hazael! Llevas ahí todo el día…
Hazael suspiró y se apartó un largo mechón rojizo del rostro, mientras se acercaba a su interrogante.
- No es nada de verdad… simplemente me entretuve. No te preocupes Ícaro, estoy bien.- insistió al ver el gesto contraído de su compañero.
- Como gustes. Pero déjame decirte que te están esperando. Y no parecen muy contentos.
Hazael suspiró profundamente y se acercó de nuevo al espejo. Éste reflejó a un joven pelirrojo de larga y ondulada melena, de ojos verdes. Su rostro parecía cansado, pero aún así conservaba la dulzura en sus rasgos.
- Ícaro… -
¿Si?- El aludido se giró.
-¿Puedo confiarte un secreto? – Hazael le miró, con los ojos entrecerrados.
- Por supuesto. Pero pensé que eso ya lo sabías. El joven volvió a encogerse de hombros.
- Acércate. Tengo que enseñarte algo.
Ícaro se acercó hasta ponerse junto a él y contempló el espejo, que ahora reflejaba a otro muchacho, más joven que el anterior y con el pelo algo más corto, moreno y de grandes ojos azules que miraba el reflejo con curiosidad.
- Cuento contigo para que esto quede entre los dos.
Ícaro asintió levemente. Hazael esbozó una sonrisa e hizo un gesto con la mano. El reflejo del espejo se iluminó y luego desapareció, dando paso a una imagen borrosa.
Le miré con la mirada vacua. No podía creer lo que estaba oyendo. No era posible, no podía ser otra cosa que un mal sueño, una pesadilla… Retrocedí unos pasos más y me apoyé en la pared. Después suspiré, y me sequé las lágrimas con el dorso de la mano.
- No puedo creer que lo estés diciendo en serio… Sabía que, después de todo, algo iba a cambiar, pero nunca imaginé que fuera algo tan… drástico.
Mi abuelo suspiró quedamente, probablemente él tampoco había imaginado que las cosas se iban a torcer de éste modo, y sin duda, la situación se le estaba atravesando casi tanto como a mí.
- Sé que va a ser difícil, en especial los primeros días. Pero acabarás por acostumbrarte, te lo digo yo. – Al ver que no estaba del todo convencida, insistió- Además, siempre puedes llamarme al móvil.
Asentí despacio. No me quedaba otra opción que aceptar la decisión de mi abuelo, por mucho que me doliera obedecerle. De nada serviría llorar y suplicar.
-¿C- Cuándo tengo que marcharme?
- Dentro de una semana, yo mismo te llevaré hasta allí para poder despedirnos.
Fue suficiente. Mi cuerpo catatónico me llevó directamente a mi habitación. Y allí, me derrumbé, completamente derrotada.
-¿Qué haces? – La voz de un joven interrumpió el silencio de la habitación.
- Observo.
- ¿Qué es eso tan interesante que te tiene tan abstraído? Apenas has salido en todo el día.
El otro joven se encogió de hombros y se apartó de un gran espejo dorado. La imagen que reflejaba se desvaneció de inmediato, y fue sustituida por un manto negro
. -¡Venga ya Hazael! Llevas ahí todo el día…
Hazael suspiró y se apartó un largo mechón rojizo del rostro, mientras se acercaba a su interrogante.
- No es nada de verdad… simplemente me entretuve. No te preocupes Ícaro, estoy bien.- insistió al ver el gesto contraído de su compañero.
- Como gustes. Pero déjame decirte que te están esperando. Y no parecen muy contentos.
Hazael suspiró profundamente y se acercó de nuevo al espejo. Éste reflejó a un joven pelirrojo de larga y ondulada melena, de ojos verdes. Su rostro parecía cansado, pero aún así conservaba la dulzura en sus rasgos.
- Ícaro… -
¿Si?- El aludido se giró.
-¿Puedo confiarte un secreto? – Hazael le miró, con los ojos entrecerrados.
- Por supuesto. Pero pensé que eso ya lo sabías. El joven volvió a encogerse de hombros.
- Acércate. Tengo que enseñarte algo.
Ícaro se acercó hasta ponerse junto a él y contempló el espejo, que ahora reflejaba a otro muchacho, más joven que el anterior y con el pelo algo más corto, moreno y de grandes ojos azules que miraba el reflejo con curiosidad.
- Cuento contigo para que esto quede entre los dos.
Ícaro asintió levemente. Hazael esbozó una sonrisa e hizo un gesto con la mano. El reflejo del espejo se iluminó y luego desapareció, dando paso a una imagen borrosa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario