
- Estás loco… - Ícaro resopló, e hizo un gesto de impotencia al no encontrar ningún argumento para rebatir la decisión de su amigo. - ¿Sabes en el lío en el que te estás metiendo? ¿Tienes idea de lo que ellos podrán hacerte si se enteran?
Hazael se encogió de hombros, claramente indiferente.
- Supongo que tomarán represalias…Siempre lo hacen. Pero tranquilo, sobreviviré.
Ícaro negó con la cabeza y se acercó a él.
- No lo hagas. Piensa un poco y te darás cuenta de que es una locura.
- Locura…- sonrió – Es un sentimiento como otro cualquiera, tranquilízate. Además, – hizo un gesto con la mano, quitándole importancia - seguro que es sólo un capricho temporal, no me lo tengas en cuenta. .- El joven se apartó del espejo y se dirigió hacia la puerta, donde se giró. – Aún así Ícaro... prefiero que esto no salga de aquí.
Ícaro asintió con la cabeza y después, le siguió.
Un murmullo agitado les dio la bienvenida. Cuando entraron, muchas de las conversaciones se apagaron y se interrumpieron para saludarlos.
Poco a poco se fueron acercando al centro de la habitación, donde una mujer de largos cabellos dorados parecía esperarlos.
- Buenos días Sara…- Saludó Ícaro con una sonrisa inocente – Siento la tardanza.
La mujer sonrió y miró a Hazael que permanecía callado.
- Buenos días tengas tú también, Hazael. – Su tono estaba cargado de reproche, no obstante la dulzura de su voz escondía cualquier sentimiento que no fuera amabilidad y cariño.-Supongo que tú has sido el motivo del retraso de Ícaro… ¿Cierto?
El joven asintió hoscamente.
- Te presento humildemente mis excusas. No pretendía entretenerme.
La mujer asintió y le indicó con un gesto vago que se sentara en una de las elegantes sillas que estaban situadas junto a ella y que por lo cual, daban cierta importancia a su persona.
Poco a poco la multitud reunida en la sala se fueron apiñando unos contra otros, a la espera de que la reunión comenzara.
Sara miró a ambos jóvenes y suspiró profundamente. Las grandes puertas de plata se cerraron con un golpe sordo, aislando a los presentes del resto del mundo.
- Comencemos. – Declaró la mujer con firmeza, afianzando el silencio en la sala.
El silencio se hizo con el lugar. Y así, comenzó el tercer concilio del año.

