martes, 14 de abril de 2009

Alas de cristal... "Lejanía 3º Parte..."
























- Estás loco… - Ícaro resopló, e hizo un gesto de impotencia al no encontrar ningún argumento para rebatir la decisión de su amigo. - ¿Sabes en el lío en el que te estás metiendo? ¿Tienes idea de lo que ellos podrán hacerte si se enteran?
Hazael se encogió de hombros, claramente indiferente.
- Supongo que tomarán represalias…Siempre lo hacen. Pero tranquilo, sobreviviré.
Ícaro negó con la cabeza y se acercó a él.
- No lo hagas. Piensa un poco y te darás cuenta de que es una locura.
- Locura…- sonrió – Es un sentimiento como otro cualquiera, tranquilízate. Además, – hizo un gesto con la mano, quitándole importancia - seguro que es sólo un capricho temporal, no me lo tengas en cuenta. .- El joven se apartó del espejo y se dirigió hacia la puerta, donde se giró. – Aún así Ícaro... prefiero que esto no salga de aquí.
Ícaro asintió con la cabeza y después, le siguió.

Un murmullo agitado les dio la bienvenida. Cuando entraron, muchas de las conversaciones se apagaron y se interrumpieron para saludarlos.
Poco a poco se fueron acercando al centro de la habitación, donde una mujer de largos cabellos dorados parecía esperarlos.
- Buenos días Sara…- Saludó Ícaro con una sonrisa inocente – Siento la tardanza.
La mujer sonrió y miró a Hazael que permanecía callado.
- Buenos días tengas tú también, Hazael. – Su tono estaba cargado de reproche, no obstante la dulzura de su voz escondía cualquier sentimiento que no fuera amabilidad y cariño.-Supongo que tú has sido el motivo del retraso de Ícaro… ¿Cierto?
El joven asintió hoscamente.
- Te presento humildemente mis excusas. No pretendía entretenerme.
La mujer asintió y le indicó con un gesto vago que se sentara en una de las elegantes sillas que estaban situadas junto a ella y que por lo cual, daban cierta importancia a su persona.
Poco a poco la multitud reunida en la sala se fueron apiñando unos contra otros, a la espera de que la reunión comenzara.
Sara miró a ambos jóvenes y suspiró profundamente. Las grandes puertas de plata se cerraron con un golpe sordo, aislando a los presentes del resto del mundo.
- Comencemos. – Declaró la mujer con firmeza, afianzando el silencio en la sala.
El silencio se hizo con el lugar. Y así, comenzó el tercer concilio del año.

lunes, 2 de febrero de 2009

Tentación


TENTACIÓN….

La luna se alzó sobre el horizonte; grande y llena, resplandeciente; iluminando el sendero con su pálida luz argéntea. Era una noche cálida, el sol se había ocultado más tarde de lo habitual, por lo que su calor perduraba en el ambiente. A pesar de ello, hacía una ligera brisa, que se dedicaba a acariciar las ramas altas de los abetos, haciendo que bailasen al son de una silenciosa melodía.


El joven se levantó nervioso y se movió por la habitación, de un lado a otro. Demasiado inquieto como para tratar de calmarse. Hacía bastante tiempo que no la veía, y aunque se esforzara por evitarlo, las continuas ganas de acudir a su lado habían acabado por doblegar su voluntad. Por eso estaba allí, a pesar del gran peligro que conllevaba su presencia.

De pronto, la puerta se abrió con un suave murmullo, interrumpiendo el curso de sus pensamientos. El muchacho se detuvo y se giró casi al mismo tiempo, con elegancia.

Y allí estaba, junto a la puerta; tan inocente y dulce como cuando la abandonó, hacía ya varios meses. Su pelo rubio y rizado caía sobre sus hombros pálidos, cubiertos tan solo por un camisón de seda blanca. Sus ojos, eternamente verdes, se alzaban inocentes y tímidos hacia el, y sus labios… llenos y sugerentes, que le invitaban a caer en la más dulce de las torturas. Pero, pese a la fuerte tentación se contuvo. Una necesidad acuciante renació en su pecho, dolorosa e insistente.

- ¿Qué ocurre?- la niña se le acercó dudosa, pero un gesto por parte de él la detuvo.

- Es esta maldita sed se sangre…a veces- se detuvo abatido- no soy capaz de controlarme, y menos si te tengo cerca- sus puños se crisparon furiosos- Y lo intento, te juro que lo intento…pero al parecer soy incapaz.- se giró de nuevo para evitar el contacto visual.- N-no debería haber venido… ha sido una verdadera locura. – caminó hacia la ventana y la abrió decidido, dispuesto a marcharse.

-¡Espera!- la niña se mordió el labio desesperada. Quería que se quedase con ella, que intentara compartir con ella ese oscuro don… con todas sus consecuencias, aunque eso significase morir a sus manos. En definitiva, quería convertirse al vampirismo. Como él.

El joven se giró de nuevo y la contempló, con miedo en la mirada y todos y cada uno de sus músculos en tensión, más que dispuesto a huir. Pero no esperaba la reacción de la niña; ella le sonrió trémulamente y le tendió los brazos. Sus últimas barreras cayeron. El joven se dejó abrazar por aquella muñeca de trapo. Él, consciente de su estado de necesidad, se colocó de tal manera que la visión de su cuello de satén quedara fuera de su vista. La besó tiernamente en la coronilla y la acunó entre sus brazos, como tantas veces había echo.

-Hazlo. – Susurró en su oído.

En un principio el joven trató de apartarse, pero la jaula de los brazos de ella se lo impidió. -Hazlo…-repitió y esta vez movió la cabeza, dejando su cuello a la intemperie.

La resistencia del vampiro se desmoronó totalmente, la tomó entre sus brazos atrayéndola hacia sí. Sus comillos rozaron su piel erizada, y se demoró allí, sintiendo su corazón palpitar, su respiración…; cerró los ojos y la mordió. Su cuerpo tembló, sumido en un placer místico, peligroso e irrepetible. Su sangre era cálida, espesa y dulce… se apartó violentamente y ella cayó entre sus brazos.

-¿Qué he hecho?- masculló, mientras sus lágrimas empapaban el camisón de la niña, que se debatía entre la vida y la muerte. Finalmente cerró los ojos, y los abrió después, renaciendo a una nueva vida. Tiempo después, tuvo lugar una leyenda. Cuentan que, durante las noches de Luna llena, se pueden ver caminando por el sendero a dos figuras de la mano… son los hijos malditos de la historia…

viernes, 30 de enero de 2009

La última batalla.


LA ÚLTIMA BATALLA.

El sol, irradiando una luz tan débil que apenas transmitía calor, tiñó el cielo de unos suaves tonos rojizos que se intensificaron con el aterciopelado azul de la moribunda noche.
Supe lo que había ocurrido pocos segundos después de abrir los ojos; aunque parpadeé varias veces, incrédulo, tratando de asimilar el dramático paisaje que se extendía ante mí.
Había sido una verdadera masacre, la fresca hierba que antaño cubría las lomas, agonizaba bajo el hedor de la sangre derramada. Los cadáveres de los combatientes, amigos y enemigos, yacían entremezclados, unidos de tal manera que no se distinguían los colores.
Entonces, mis ojos se fijaron con horror en los estandartes caídos en la batalla y sentí como mis lágrimas se derramaban.
El enemigo se había marchado, pero tuve la extraña sensación de que volverían, y a no mucho tardar.
A pesar de la pesadez del silencio, alcancé a oír el clamor de los tambores y así, con su música de fondo, me sumí en un profundo pesar.
Poco a poco traté de incorporarme, para intentar agotar mis fuerzas en socorrer a mis amigos y compañeros caídos, que al parecer, ya descansaban.
Tras unos momentos de incertidumbre y dudas, pude comprobar, desesperado, que yo, Shakiell, era el único combatiente vivo del lugar.
Fue entonces cuando noté que mi respiración se hacía más pesada, y con un gesto de dolor, me llevé la mano hacia el costado, donde pude descubrir que mi cota de malla se había hendido y así, mi carne. Estaba herido… y de gravedad. Lo supe de inmediato, al ver y sentir como la sangre huía de mi malherido cuerpo.
Realmente, no recuerdo el instante exacto en el que una afilada espada enemiga desgarró mi ser, tan sólo tengo claro el sentir la calidez de la sangre mezclada con mi sudor… Súbitamente, mi mente me mostró la cruda realidad: mis sueños de eterna gloria se habían esfumado con ese fatídico golpe, ése sueño por el que tanto había luchado, y que ya, jamás conseguiría.
Me arrastré lastimeramente hasta los restos de mi estandarte, esa bandera que era, y sería el símbolo de mi fe, el símbolo de todo aquello en lo que yo creía y defendía, ése símbolo por el cual yo ahora daba mi vida.
Sabía que si en ese momento la muerte acudía a presenciar su macabro juego, me encontraría de pie, desafiante, tal y como yo siempre había vivido.
Debía, y quería, demostrarle al mundo el significado real de la palabra honor, mostrándome orgulloso e imponente incluso cuando me lanzara al ciego abismo de la muerte.
Mis ojos comenzaron a cerrarse, mi vida se empezaba a oscurecer, llegando, por fin, a su término. Como último deseo, pedí e imploré una decena de veces una pequeña tregua a la muerte; el tiempo suficiente para contemplar por última vez la luz del astro rey.
De pronto, y contra todo pronóstico, escuché unos pasos acercándose, suaves y sigilosos como una caricia del viento. Mis sentidos de guerrero me instaban a reaccionar, a enfrentarme a ése nuevo peligro. Pero, cuan mayúscula fue mi sorpresa, cuando al alzar los ojos descubrí a una mujer.
Su vestido, de un blanco abrumador, como la nieve que acostumbraba a instalarse en mi patria, me cegó momentáneamente. Sus cabellos sueltos, eran del más oscuro de los negros, y sus ojos, dos benditos lagos azules.
Sin embargo, esa misteriosa dama, no mostraba frialdad alguna, al contrario, tanto su mirada como su sonrisa destilaban la calidez y la dulzura de una amante. Su hermoso rostro, me inspiraba confianza, como tanto tiempo antes lo hiciese el de mi madre.
Entre tantas sensaciones, conseguí matizar un pensamiento lógico… Si de verdad aquella dama era la muerte… ¿Quién podía tener miedo a morir? Abandoné mis delirios cuando oí como me susurraba.
- Descansa…
Mis ojos se cerraron suavemente, y yo, con una última sonrisa, me abandoné a su eterno abrazo.

Nuestro primer encuentro...


Suspiré profundamente y tomé aire.
Los guardias, impacientes, fruncieron el ceño y carraspearon.

- Mi nombre es Naresh. - Mi relato debía comenzar así, empezando desde el principio para no trabarme en ningún punto, y sobre todo para... en fin, no cometer errores y no desvelar ninguna información relevante. - Nací en un pueblecito llamado Xaer y...
- ¡Eso no es algo que nos interese!- El oficial gruñó cual cerdo, y dió un golpe en los barrotes. - Dinos cuál es tu misión, y... y ya veremos que hacemos contigo.
El otro hombre asintió, como un mandado que era.
Suspiré, y me encogí de hombros. Mi esfuerzo por ganar tiempo no había tenido éxito alguno... Así pues, continué con mi relato, sólo que esta vez desde un poco más adelante.

- Siempre he sido entrenada en el arte de la guerra. Hace poco tiempo mi familia fue asesinada y yo me quedé en la calle.
Los dos hombres sonrieron como si la situación les hicera gracia. Negué con la cabeza.
- Como es lógico - miré mis ropas, todas ellas sucias y de cuero de mala calidad. - Me ofrecí como mercenaria al mejor postor.
-¿Fuiste aceptada?
Asentí levemente.
-¿Por quién y dónde? - me preguntó seguidamente el oficial.
Volví a suspirar. Las cosas se volvían más difíciles por momentos.
- Me contrataron en Deimos. Un hombre llamado Ghaul. - Era preferible decir la verdad, no obstante, eso emperoaba mi situación.
-¿Qué... qué era exactamente lo que quería de ti?
Me encogí de hombros.
- No sólo de mi, también contrató a dos personas más.
- Vaya... encima tienes compinches. - el oficial parecía fastidiado. Reprimí una sonrisa.
- Exacto. Una Damiah y un Jayán...
El segundón saltó de la silla.
-¡¿Un Jayán?!
Asentí, francamente divertida.
El oficial, que parecía más calmado, continuó el interrogatorio.
- Descríbelos.
Me moví algo incómoda. Supuse que era preferible acabar pronto con aquello...
- Mi primera compañera fue Gilwen... la Damiah. - Aclaré y sonreí cuando recordé a esa mujer con aires y actitudes felinas.- La conocí en Deimos, cuando me contrataron. Ése fue... nuestro primer encuentro...

Alas de cristal "Lejanía...2º parte"

Amaneció de color gris. El cielo estaba encapotado, y las nubes amenazaban con la peor de las tormentas. Las pequeñas gotas de lluvia se deslizaban por la ventana, formando pequeños regueros. Sin duda, este era el paisaje ideal para estar en concordancia con mi estado de ánimo: Gris y pésimo.
Mis escasas pertenencias descansaban junto a la puerta, y eran un recordatorio continuo del inminente viaje.
Apenas me quedaban dos días para despedirme del lugar en el que me había criado, dos días de incomodidad y dolor.
Desde que la abuela murió, el ambiente en mi casa había cambiado. El abuelo se mostraba taciturno y a veces hosco. Pero siempre había conservado su frágil sonrisa y su atención a mi persona. No obstante… la notoria falta de mi abuela había sido un golpe demasiado duro. Y ahora, un mes más tarde, llegaban las consecuencias.
-¿Himela? – la apagada voz de una mujer se oyó a través de la puerta cerrada, seguida de un rápido golpeteo en la madera.
- ¡Un momento! – Me levanté rápidamente, y traté de arreglarme el pelo. Después abrí la puerta.
Una figura femenina me esperaba al otro lado. Pese a que estaba girada, supe en seguida quien era. Todo en ella me lo daba a entender, desde su pose demasiado rígida a la carpeta que llevaba bajo uno de sus brazos.
- ¿Si? - Hola, buenas tardes. Tú debes de ser Himela, ¿verdad? – La mujer esbozó una sonrisa y pasó a mi cuarto sin más. – Yo soy Bianca. – Me tendió una mano larga y blanca, adornada con un simple anillo de plata.
- E-encantada… - Traté de sonreír y le estreché la mano.
La tal Bianca me guiñó un ojo y se sentó en mi cama. Después sacó un montón de papeles y me miró.
- Bueno, creo que deberíamos empezar con esto. Como bien sabrás soy tu asistente social.
Yo asentí con la cabeza. Aunque a primera vista no lo supiera con seguridad, lo había imaginado. Al igual que el resto de la situación. Suspiré y me senté en el suelo, frente a ella.
- De primeras, he de decirte que lamento mucho la muerte de tu abuela. – Se detuvo un momento.- Sin duda ha sido un golpe muy duro.
Musité un quedo agradecimiento y bajé la cabeza. Noté como la mujer cambiaba de posición y sacaba algunos papeles más.
- Otra de las cosas que debes saber, es que tu abuelo, al no estar en plenas capacidades psíquicas no…– me miró, y pareció recapacitar-…No debería hacerse cargo de ti. Y siendo menor…- suspiró y se abstuvo de dar rodeos.- Hemos decidido enviarte con una familia de acogida.
Asentí despacio. La noticia no me pillaba de sorpresa. Mi abuelo se había encargado de “suavizar” el golpe.
- Y-ya lo sabía… - me mordí el labio para evitar llorar.- Lo único que me queda por saber es con quién he de irme.
Bianca me entregó varios papeles; en ellos, una pareja de mediana edad me sonreían anhelantes. - Se llaman Raquel y Víctor Mason. Viven en la capital, en un barrio bastante tranquilo.- Volvió a sonreír y me mostró otras fotografías que representaban el lugar.
He de reconocer, que a primera vista me gustó. Las calles eran largas y parecían limpias. Los edificios estaban pintados en color salmón y había parques alrededor, con sus fuentes pintorescas y demás… parecía que todo lo presente emanaba tranquilidad. La voz de Bianca me sacó de mi ensimismamiento.
- Además, como ya te habrá comentado tu abuelo, no estáis demasiado lejos el uno del otro, por lo que podréis veros muy a menudo.
Volví a asentir.
- ¿Qué pasará con el abuelo?- Pregunté, seriamente. Hasta aquellos momentos, había sido mi abuela quien se había encargado de nosotros. Y no estaba del todo segura de lo que ocurriría a continuación.
- Tu abuelo ha decidido ingresar en un asilo, allí se ocuparán de él debidamente. – Se levantó de la cama y tras sonreírme amablemente, se dirigió hacia la puerta, dando así por concluida la conversación.
Yo me levanté y la seguí, y cuando, por fin desapareció tras la esquina del pasillo, cerré la puerta y me dediqué a reflexionar sobre mi extraña e ínfima existencia.

miércoles, 28 de enero de 2009

Alas de cristal "Lejanía..."



LEJANÍA.


- ¡¿Qué?! - Himela cariño… - el abuelo se me acercó, entristecido.- Tienes que entenderlo y aceptarlo como la adulta que eres.
Le miré con la mirada vacua. No podía creer lo que estaba oyendo. No era posible, no podía ser otra cosa que un mal sueño, una pesadilla… Retrocedí unos pasos más y me apoyé en la pared. Después suspiré, y me sequé las lágrimas con el dorso de la mano.
- No puedo creer que lo estés diciendo en serio… Sabía que, después de todo, algo iba a cambiar, pero nunca imaginé que fuera algo tan… drástico.
Mi abuelo suspiró quedamente, probablemente él tampoco había imaginado que las cosas se iban a torcer de éste modo, y sin duda, la situación se le estaba atravesando casi tanto como a mí.
- Sé que va a ser difícil, en especial los primeros días. Pero acabarás por acostumbrarte, te lo digo yo. – Al ver que no estaba del todo convencida, insistió- Además, siempre puedes llamarme al móvil.
Asentí despacio. No me quedaba otra opción que aceptar la decisión de mi abuelo, por mucho que me doliera obedecerle. De nada serviría llorar y suplicar.
-¿C- Cuándo tengo que marcharme?
- Dentro de una semana, yo mismo te llevaré hasta allí para poder despedirnos.
Fue suficiente. Mi cuerpo catatónico me llevó directamente a mi habitación. Y allí, me derrumbé, completamente derrotada.

-¿Qué haces? – La voz de un joven interrumpió el silencio de la habitación.
- Observo.
- ¿Qué es eso tan interesante que te tiene tan abstraído? Apenas has salido en todo el día.
El otro joven se encogió de hombros y se apartó de un gran espejo dorado. La imagen que reflejaba se desvaneció de inmediato, y fue sustituida por un manto negro
. -¡Venga ya Hazael! Llevas ahí todo el día…
Hazael suspiró y se apartó un largo mechón rojizo del rostro, mientras se acercaba a su interrogante.
- No es nada de verdad… simplemente me entretuve. No te preocupes Ícaro, estoy bien.- insistió al ver el gesto contraído de su compañero.
- Como gustes. Pero déjame decirte que te están esperando. Y no parecen muy contentos.
Hazael suspiró profundamente y se acercó de nuevo al espejo. Éste reflejó a un joven pelirrojo de larga y ondulada melena, de ojos verdes. Su rostro parecía cansado, pero aún así conservaba la dulzura en sus rasgos.
- Ícaro… -
¿Si?- El aludido se giró.
-¿Puedo confiarte un secreto? – Hazael le miró, con los ojos entrecerrados.
- Por supuesto. Pero pensé que eso ya lo sabías. El joven volvió a encogerse de hombros.
- Acércate. Tengo que enseñarte algo.
Ícaro se acercó hasta ponerse junto a él y contempló el espejo, que ahora reflejaba a otro muchacho, más joven que el anterior y con el pelo algo más corto, moreno y de grandes ojos azules que miraba el reflejo con curiosidad.
- Cuento contigo para que esto quede entre los dos.
Ícaro asintió levemente. Hazael esbozó una sonrisa e hizo un gesto con la mano. El reflejo del espejo se iluminó y luego desapareció, dando paso a una imagen borrosa.


domingo, 25 de enero de 2009

Y así comenzó mi historia...

El Sol se elevó por encima de las colinas, iluminando poco a poco las escasas calles del pueblo.
A pesar de que se trataba de un lugar casi oculto en las montañas, era lo suficientemente conocido como para meterte en problemas.
Y así me había ocurrido a mi.
En el día de hoy me encontraba incomodamente sentada en un calabozo, a la espera de que la guardia de la ciudad me interrogara sobre mis asuntos en el dichoso pueblo.
Suspiré. Era cierto que mi estancia allí se debía a algo más que mera diversión, no obstante me parecía excesivo esas... ejem, medidas de seguridad.

-¿Piensas hablar ya, escoria?- Uno de los soldados rasos se acercó a mi prisión, y me miró receloso.
Enarqué una ceja, enojada.
- Quizá. Dame de comer, sácame de aquí y llegaremos a un acuerdo.-Contesté, con la mejor de mi sonrisas.
El guardia pareció dudar. Se giró a un lado y a otro, y después volvió a dirigirse a mi.
- Espera aquí. -Dicho lo cual, se marchó a paso veloz.

Poco tiempo después, volvió a aparecer, ésta vez, seguido de un oficial de alto rango.
Sonreí. Por fin las cosas tomaban un matiz diferente.

-Vaya vaya... por lo que veo, hasta las putas elfas tienen lengua. ¿Vas a contarnos que hacías aquí? -Me preguntó el oficial, acercándose hasta los barrotes que me tenían prisionera.
Me levanté, me quité la capucha que cubría mis ojos y me acerqué todo lo posible sin que mis ataduras me hicieran daño.
- Por supuesto oficial... Pero antes, os contaré una historia que hará que comprendáis toda mi misión.

Ambos hombres sonrieron, irónicos. Después, y carcomidos por la curiosidad, acercaron un par de sillas para escucharme.
Y así, comencé a relatarles mi historia...